ARTÍCULOS

 
MARÍA LUISA BUENO DOMÍNGUEZ

   Profesora Titular de Historia Medieval del Departamento de Historia Antigua, Medieval, Paleografía y    Diplomática de la Universidad Autónoma de Madrid.

   

   "MONASTERIO DE MORERUELA: Lo real". (1ª Parte)
   
("Dejando hablar a la Edad Media. Entre lo real y lo imaginado. Zamora". Editorial SEMURET. ZAMORA,1997).

ZAMORAROMANICA.COM / OCTUBRE de 2003

 
 

El tiempo que me tocó vivir trazó mi destino y me incluyó en la vida de este renombrado monasterio. Llegué a él siendo muy joven, y sin plantearme siquiera que mi vida podía haber sido otra, ¿para qué luchar contra el destino? Nací para vivir y morir en este monasterio. Yazco en este lecho de la enfermería aquejado de esa enfermedad que a todos nos llega y por todos conocida, la vejez (1) y por tanto esperando la muerte, sí, sin temor aceptándola plácidamente, esto, entre otras muchas cosas, es lo que aprendí en este monasterio, aceptamos la muerte como una parte más de la vida y aprendemos a estar solos, porque los monjes no afrontamos la muerte como un cruel destino, sino como la meta del hombre en el peregrinaje de esta vida.
La enfermería es un buen lugar para pensar y recorrer lo que ha sido mi vida en este lugar. Hoy sé que la percepción que las gentes tienen de Moreruela es una percepción superficial, planteada sólo desde el punto de vista de lo que se ve y escucha, y de esto resulta que Moreruela es solamente un señorío importante y muy amplio que ha ido acumulando tierras y ha impuesto su ley sobre tierras y gentes que han quedado sometidas a esta institución. Así se nos ha visto a lo largo de los tiempos, icluso ahora que estamos a mediados del siglo XIV y cuando los momentos no nos son propicios, siguen viéndonos como el gran monasterio. ¡Nuestro gran patrimonio!
Es conocida por todos los monjes que componen esta comunidad la historia del monasterio y el desarrollo de nuestra abadía. La fecha, 1143. Fue entonces cuando un rey, Alfonso, que se hacía titular emperador, premiaba los servicios que Ponce de Cabrera le había prestado en las conquistas que llevaba a cabo por Almería. Quiso premiarle y le entregó este lugar, un monasterio del que apenas se podía hablar, entrega que hacía con una condición, que se pusiera en actividad y que se hiciera, de lo que existía entonces, un gran monasterio (2). No dejó de cumplir este mandato Ponce de Cabrera y a la vista está que logró hacer del lugar un marco idóneo para una abadía que quería vivir la soledad, el aislamiento, para poder mejor aplicar la regla de San Benito en su observancia cisterciense. Los Ponce de Cabrera, familia de abolengo, nobles de importancia no olvidaron jamás este lugar, algunos de ellos lo eligieron como lugar de descanso eterno, y otros siguieron ofreciendo prebendas y bienes.
Pocos, ante la riqueza que el monasterio posee, serían capaces de intuir la dura realidad que acogió a nuestros antecesores. Hoy es un lugar fértil, grato, pero totalmente aislado y de dificultoso acceso. Cuántas veces las gentes que nos visitan, los hermanos que van llegando a nuestro monasterio, han mostrado su perplejidad por lo difícil que se les hacía llegar a encontrar la abadía u cómo sentían, al ir acercándose, un cierto temor por el aislamiento que sin duda iban a vivir. ¡Qué no habrían sentido los primeros monjes que llegaron a Moreruela, antes de que el entorno fuese acondicionado! Nuestros antecesores, ayudados por la gran fe que tenían, hicieron del lugar un sitio habitable y ameno con su espléndida huerta, conocida como la huerta de San Froilán, quizá una de las más importantes del reino.
Por eso, la riqueza que se percibe de nuestro monasterio, la abundancia de posesiones, la organización de las mismas son debidas no sólo a la generosidad de los donantes para con nuestra abadía, sino al mucho trabajo y esfuerzo que los monjes realizaron sobre la tierra.
Habían llegado a nuestra abadía tierras en Castrotorafe, Riego del camino, Manganeses de la Lampreana, Tabarra. El río Esla llegó a ser para nuestra comunidad un río familiar por lo conocido, era "nuestro" río. Esto había sido, al parecer, el núcleo inicial que se fue expandiendo por donaciones reales, quizá no sólo por los servicios que nuestros abades prestaban a los monarcas colonizando las tierras y engrandeciendo el reino, sino porque las donaciones acortaban los caminos hacia la salvación eterna.
De esta manera fue desbordándose el primitivo núcleo que se cernía tímidamente sobre las proximidades del Esla y del monasterio, y poco a poco se iniciaba un despegue que nos iba alejando cada vez más de nuestras antiguas y primeras posesiones de donde, desde los comienzos, la comunidad había obtenido todo lo necesario para su subsistencia. En tierras regadas por el río Tera fueron surgiendo nuevas posesiones. Eran ya lugares lejanos, donde los hermanos de la comunidad no podían trabajar las tierras, porque jamás hubieran podido volver a descansar a la abadía, y lo mismo estaba aconteciendo por las tierras de Valderaduey y el río Duero, patrimonio extensísimo que había hecho presente a los monjes de Moreruela en tierras de Miranda en Portugal.
Los reyes fueron nuestros benefactores, y los nobles como los Vela, descendientes de los Ponce, y muchas gentes piadosas. Hemos sido muy beneficiados, pero nadie puede poner en duda que nosotros, los cistercienses, hemos gestionado extraordinariamente nuestras tierras. El esfuerzo realizado por nuestros primeros padres ha hecho de Moreruela el lugar que hoy se ofrece a los ojos de los que aquí llegan. Porque, ¿qué encontraron los cistercienses del siglo XII?
Los cistercienses habían entrado en contacto con un lugar boscoso, lleno de humedad, con una gran charca o quizá muchas. Eran los dueños de unas tierras que nadie quería y todos consideraban insalubres los lugares. Pero en la balanza de los cistercienses, uno de los aspectos más importantes, era el de transformar lo que era insano por lo saluble. La ruina, la desolación de las tierras, que tanto asustaban a las gentes, fueron para ellos el empuje para realizar los esfuerzos mayores y para poner a punto las mismas. Con la puesta en buen estado de las tierras, los cistercienses rendían culto a Dios.
A todos, cuando se habla de la historia de Moreruela, se nos dice que éste se encontraba en un lugar pantanoso y que sólo los monjes sabían cómo desecar el pantano porque sólo ellos conocían que esto era necesario para llevar a cabo el basamento que permitiera elevar la abadía, y sólo ellos sabían que, sobre el terreno desecado, se obtendría una excelente tierra para el cultivo. Como conocedores de esto, y como si toda la labor realizada no fuera suficiente, los monjes no habían dejado de abrir profundas zanjas, sin desfallecer, porque sabían que de aquel duro trabajo se desprendería un hecho cierto: con la sabia conducción de aguas sería posible que en la abadía nunca faltase el agua ni para los monjes ni para los cultivos. Cierto, jamás se ha carecido de agua en nuestra abadía.
En principio los monjes trabajaron en la extracción de tocones, de piedras y de todo lo inútil para poder tener una tierra en buenas condiciones para ser trabajada. Tenacidad y sabiduría de los monjes, eso es Moreruela, sabiduría como la de todos los monasterios cistercienses en general. Cuando nuestra abadía vio la imposibilidad de que los monjes siguieran trabajando las tierras, por la lejanía de las mismas, no dudaron en aceptar a los hermanos legos, esos hermanos que forman parte de la comunidad, que observan toda la regla, al margen del coro. Estos hermanos legos, generalmente de extracción humilde que prestan servicio a Dios en nuestras tierras, llevan una vida simple, pero no carente de santidad.
También se ha dado el caso de que por medio de la aceptación de hermanos legos, muchos provenían de diferentes medios sociales, entregaban todo al monasterio y pasaban a formar parte de nuestra comunidad, para desarrollar un trabajo manual, para dignificar el trabajo sobre la tierra, y de esta manera se pudo hacer frente a la explotación de nuestras amplias posesiones.
Ahora, en este crucial momento de mediados del siglo XIV, los tiempos felices del monasterio parecen haber pasado. Los abades llevan tiempo tratando de fortalecer la economía por medio de arrendamientos, compras, cambios y va acercándose nuestro monasterio hacia la ciudad de Zamora. Estamos en posesión de bienes en el barrio de los laneros, esos laneros protegidos por San Antolín, controlamos varias casas en las ferrerías y entorno, somos un engranaje más en la vida económica.
Unas tierras tan bien trabajadas se traducen en un abastecimiento importante del monasterio. Fundamentales para la abadía son las tierras de cereales. Nuestros celarios son numerosos y conocidos, se sitúan en lugares privilegiados: Toro, Villafáfila, Tordehumos, Villalpando, Benavente, Zamora, Salamanca. Se ha trabajado las tierras para transformarlas y hacerlas aptas para el cultivo de las viñas, y se ha producido el milagro de obtener, para este cultivo, tierras idóneas donde no se esperaba obtener rendimiento.
Nuestra huerta, la huerta que llaman de San Froilán o de los monjes blancos es famosa no sólo en Zamora, sino en todo el reino y de ella obtenemos ricos resultados, no nos falta el agua, el río está cerca, pero tenemos canales trazados por nosotros que nos permiten aprovechar la humedad y así obtener los máximos rendimientos.
Controlamos aceñas, molinos y batanes, controlamos algunos núcleos comerciales, somos los monjes blancos de Moreruela, vistos única y exclusivamente desde este aspecto material, porque eso es lo que se conoce de nosotros, porque nadie conoce nuestra vida privada, nuestra dura vida en esta abadía, como en todas las del cister. El brillo, la grandeza de nuestro patrimonio no deja ver la realidad, pero ¿qué es Moreruela?.


   

(1) Esta idea la baso teniendo presente los testamentos que he leído de los miembros de la Catedral en los que constantemente se hace alusión a la vejez como enfermedad natural que conduce a la muerte, y que concluye el ciclo natural de la vida.
(2) Basándome en mi estudio Santa María de Moreruela, diré que las granjas son unidades de explotación que dependen del monasterio, regidas por un maestro y trabajada por los conversos.

 
 
 
 
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