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El
tiempo que me tocó vivir trazó mi destino
y me incluyó en la vida de este renombrado monasterio.
Llegué a él siendo muy joven, y sin plantearme
siquiera que mi vida podía haber sido otra, ¿para
qué luchar contra el destino? Nací para
vivir y morir en este monasterio. Yazco en este lecho
de la enfermería aquejado de esa enfermedad que
a todos nos llega y por todos conocida, la vejez (1)
y por tanto esperando la muerte, sí, sin temor
aceptándola plácidamente, esto, entre otras
muchas cosas, es lo que aprendí en este monasterio,
aceptamos la muerte como una parte más de la vida
y aprendemos a estar solos, porque los monjes no afrontamos
la muerte como un cruel destino, sino como la meta del
hombre en el peregrinaje de esta vida.
La enfermería es un buen lugar para pensar y recorrer
lo que ha sido mi vida en este lugar. Hoy sé que
la percepción que las gentes tienen de Moreruela
es una percepción superficial, planteada sólo
desde el punto de vista de lo que se ve y escucha, y de
esto resulta que Moreruela es solamente un señorío
importante y muy amplio que ha ido acumulando tierras
y ha impuesto su ley sobre tierras y gentes que han quedado
sometidas a esta institución. Así se nos
ha visto a lo largo de los tiempos, icluso ahora que estamos
a mediados del siglo XIV y cuando los momentos no nos
son propicios, siguen viéndonos como el gran monasterio.
¡Nuestro gran patrimonio!
Es conocida por todos los monjes que componen esta comunidad
la historia del monasterio y el desarrollo de nuestra
abadía. La fecha, 1143. Fue entonces cuando un
rey, Alfonso, que se hacía titular emperador, premiaba
los servicios que Ponce de Cabrera le había prestado
en las conquistas que llevaba a cabo por Almería.
Quiso premiarle y le entregó este lugar, un monasterio
del que apenas se podía hablar, entrega que hacía
con una condición, que se pusiera en actividad
y que se hiciera, de lo que existía entonces, un
gran monasterio (2). No dejó
de cumplir este mandato Ponce de Cabrera y a la vista
está que logró hacer del lugar un marco
idóneo para una abadía que quería
vivir la soledad, el aislamiento, para poder mejor aplicar
la regla de San Benito en su observancia cisterciense.
Los Ponce de Cabrera, familia de abolengo, nobles de importancia
no olvidaron jamás este lugar, algunos de ellos
lo eligieron como lugar de descanso eterno, y otros siguieron
ofreciendo prebendas y bienes.
Pocos, ante la riqueza que el monasterio posee, serían
capaces de intuir la dura realidad que acogió a
nuestros antecesores. Hoy es un lugar fértil, grato,
pero totalmente aislado y de dificultoso acceso. Cuántas
veces las gentes que nos visitan, los hermanos que van
llegando a nuestro monasterio, han mostrado su perplejidad
por lo difícil que se les hacía llegar a
encontrar la abadía u cómo sentían,
al ir acercándose, un cierto temor por el aislamiento
que sin duda iban a vivir. ¡Qué no habrían
sentido los primeros monjes que llegaron a Moreruela,
antes de que el entorno fuese acondicionado! Nuestros
antecesores, ayudados por la gran fe que tenían,
hicieron del lugar un sitio habitable y ameno con su espléndida
huerta, conocida como la huerta de San Froilán,
quizá una de las más importantes del reino.
Por eso, la riqueza que se percibe de nuestro monasterio,
la abundancia de posesiones, la organización de
las mismas son debidas no sólo a la generosidad
de los donantes para con nuestra abadía, sino al
mucho trabajo y esfuerzo que los monjes realizaron sobre
la tierra.
Habían llegado a nuestra abadía tierras
en Castrotorafe, Riego del camino, Manganeses de la Lampreana,
Tabarra. El río Esla llegó a ser para nuestra
comunidad un río familiar por lo conocido, era
"nuestro" río. Esto había sido,
al parecer, el núcleo inicial que se fue expandiendo
por donaciones reales, quizá no sólo por
los servicios que nuestros abades prestaban a los monarcas
colonizando las tierras y engrandeciendo el reino, sino
porque las donaciones acortaban los caminos hacia la salvación
eterna.
De esta manera fue desbordándose el primitivo núcleo
que se cernía tímidamente sobre las proximidades
del Esla y del monasterio, y poco a poco se iniciaba un
despegue que nos iba alejando cada vez más de nuestras
antiguas y primeras posesiones de donde, desde los comienzos,
la comunidad había obtenido todo lo necesario para
su subsistencia. En tierras regadas por el río
Tera fueron surgiendo nuevas posesiones. Eran ya lugares
lejanos, donde los hermanos de la comunidad no podían
trabajar las tierras, porque jamás hubieran podido
volver a descansar a la abadía, y lo mismo estaba
aconteciendo por las tierras de Valderaduey y el río
Duero, patrimonio extensísimo que había
hecho presente a los monjes de Moreruela en tierras de
Miranda en Portugal.
Los reyes fueron nuestros benefactores, y los nobles como
los Vela, descendientes de los Ponce, y muchas gentes
piadosas. Hemos sido muy beneficiados, pero nadie puede
poner en duda que nosotros, los cistercienses, hemos gestionado
extraordinariamente nuestras tierras. El esfuerzo realizado
por nuestros primeros padres ha hecho de Moreruela el
lugar que hoy se ofrece a los ojos de los que aquí
llegan. Porque, ¿qué encontraron los cistercienses
del siglo XII?
Los cistercienses habían entrado en contacto con
un lugar boscoso, lleno de humedad, con una gran charca
o quizá muchas. Eran los dueños de unas
tierras que nadie quería y todos consideraban insalubres
los lugares. Pero en la balanza de los cistercienses,
uno de los aspectos más importantes, era el de
transformar lo que era insano por lo saluble. La ruina,
la desolación de las tierras, que tanto asustaban
a las gentes, fueron para ellos el empuje para realizar
los esfuerzos mayores y para poner a punto las mismas.
Con la puesta en buen estado de las tierras, los cistercienses
rendían culto a Dios.
A todos, cuando se habla de la historia de Moreruela,
se nos dice que éste se encontraba en un lugar
pantanoso y que sólo los monjes sabían cómo
desecar el pantano porque sólo ellos conocían
que esto era necesario para llevar a cabo el basamento
que permitiera elevar la abadía, y sólo
ellos sabían que, sobre el terreno desecado, se
obtendría una excelente tierra para el cultivo.
Como conocedores de esto, y como si toda la labor realizada
no fuera suficiente, los monjes no habían dejado
de abrir profundas zanjas, sin desfallecer, porque sabían
que de aquel duro trabajo se desprendería un hecho
cierto: con la sabia conducción de aguas sería
posible que en la abadía nunca faltase el agua
ni para los monjes ni para los cultivos. Cierto, jamás
se ha carecido de agua en nuestra abadía.
En principio los monjes trabajaron en la extracción
de tocones, de piedras y de todo lo inútil para
poder tener una tierra en buenas condiciones para ser
trabajada. Tenacidad y sabiduría de los monjes,
eso es Moreruela, sabiduría como la de todos los
monasterios cistercienses en general. Cuando nuestra abadía
vio la imposibilidad de que los monjes siguieran trabajando
las tierras, por la lejanía de las mismas, no dudaron
en aceptar a los hermanos legos, esos hermanos que forman
parte de la comunidad, que observan toda la regla, al
margen del coro. Estos hermanos legos, generalmente de
extracción humilde que prestan servicio a Dios
en nuestras tierras, llevan una vida simple, pero no carente
de santidad.
También se ha dado el caso de que por medio de
la aceptación de hermanos legos, muchos provenían
de diferentes medios sociales, entregaban todo al monasterio
y pasaban a formar parte de nuestra comunidad, para desarrollar
un trabajo manual, para dignificar el trabajo sobre la
tierra, y de esta manera se pudo hacer frente a la explotación
de nuestras amplias posesiones.
Ahora, en este crucial momento de mediados del siglo XIV,
los tiempos felices del monasterio parecen haber pasado.
Los abades llevan tiempo tratando de fortalecer la economía
por medio de arrendamientos, compras, cambios y va acercándose
nuestro monasterio hacia la ciudad de Zamora. Estamos
en posesión de bienes en el barrio de los laneros,
esos laneros protegidos por San Antolín, controlamos
varias casas en las ferrerías y entorno, somos
un engranaje más en la vida económica.
Unas tierras tan bien trabajadas se traducen en un abastecimiento
importante del monasterio. Fundamentales para la abadía
son las tierras de cereales. Nuestros celarios son numerosos
y conocidos, se sitúan en lugares privilegiados:
Toro, Villafáfila, Tordehumos, Villalpando, Benavente,
Zamora, Salamanca. Se ha trabajado las tierras para transformarlas
y hacerlas aptas para el cultivo de las viñas,
y se ha producido el milagro de obtener, para este cultivo,
tierras idóneas donde no se esperaba obtener rendimiento.
Nuestra huerta, la huerta que llaman de San Froilán
o de los monjes blancos es famosa no sólo en Zamora,
sino en todo el reino y de ella obtenemos ricos resultados,
no nos falta el agua, el río está cerca,
pero tenemos canales trazados por nosotros que nos permiten
aprovechar la humedad y así obtener los máximos
rendimientos.
Controlamos aceñas, molinos y batanes, controlamos
algunos núcleos comerciales, somos los monjes blancos
de Moreruela, vistos única y exclusivamente desde
este aspecto material, porque eso es lo que se conoce
de nosotros, porque nadie conoce nuestra vida privada,
nuestra dura vida en esta abadía, como en todas
las del cister. El brillo, la grandeza de nuestro patrimonio
no deja ver la realidad, pero ¿qué es Moreruela?.
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