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Las
piedras de los templos zamoranos susurran historias de otros
tiempos. Si se las escucha detenidamente se pueden desentrañar
los relatos y leyendas que han perdurado durante siglos.
La
majestuosa y centenaria Catedral de Zamora contiene curiosos
secretos de su larga vida. Su portada trasera cuenta la
desdicha de los que intentan atentar contra sus tesoros.
Según la leyenda popular, un ladrón trató
de llevarse las riquezas del gran templo y como castigo
providencial quedó atrapado en la ventana por la
que intentó huir convirtiéndose en piedra.
Pero también existe otra versión que dice
que se trata del apóstol Pedro, que tras las tres
famosas negaciones de su maestro antes del canto del gallo,
situado bajo la cabeza de piedra, pasó a formar parte
del muro de la Catedral. Y por último, hay quien
apunta también que podría tratarse del conquistar
árabe Ben Alcama condenado por alguna de sus numerosas
correrías, subraya el profesor Herminio Ramos.
En la misma fachada, pero un poco más arriba, se
encuentra una imagen de la Virgen acompañada de dos
ángeles guardianes que sería la dedicación
del monje Bernardo, constructor del edificio, a su orden
cisterciense.
El interior del edificio tampoco tiene pérdida. Entre
los intencionados detalles labrados de las sillas del coro,
se encuentran figuras de frailes y monjas en actitudes eróticas.
La primera explicación de estos grabados los atribuye
a la antipatía existente entre el clero regular y
el secular que hace que los protagonistas de las imágenes
sean los pertenecientes a la "clase baja" eclesiástica.
En una de ellas un fraile se encuentra montando a un cerdo
mientras una monja lo alumbra con una antorcha. Otra versión
sería la de ilustrar las debilidades humanas, lo
que haría que las representaciones tuvieran su origen
en los pecados capitales. Así, la gula viene representada
por un fraile al borde de una gran cazuela de comida y rodeado
de puercos. Y también se dice que lo que se ilustra
en las 87 sillas que componen el coro es la totalidad de
las grandes colecciones de cuentos moralizantes.
Pero las simbologías no se limitan a la Catedral
sino que se extienden por muchos rincones de Zamora. El
arco de doña Urraca tiene perfilado, en su parte
superior, la silueta de la reina zamorana y una inscripción
haciendo referencia al famoso don Rodrigo Díaz de
Vivar, más conocido como El Cid.
Por
su parte, las
aceñas
de Olivares tenían una referencia indispensable para
los habitantes de las zonas bajas. Cuando el nivel del agua
alcanzaba al escudo con un vellón de cordero (piel
del animal), situado en las piedras, los ciudadanos sabían
que existía peligro por las crecidas del río
Duero. Sin embargo, muchas de estas tradiciones han ido
desapareciendo con el desgaste del paso del tiempo que hace
cada vez más difícil su pervivencia.
Si hay algo que abunde en Zamora son las iglesias. Éstas,
se encuentran desperdigadas por toda la ciudad y también
cuentan con curiosos relatos. Por ejemplo, según
la leyenda, la Virgen del Tránsito fue esculpida
por ángeles. Estas criaturas celestiales, fieles
veladores de los mortales que acuden en su ayuda cuando
les necesitan, respondieron al a llamada de las primeras
residentes del convento del Tránsito: las Descalzas
de Gandía. Estas monjas aceptaron la oferta de unos
viajeros que se prestaron a esculpirles la imagen de la
Virgen con el único requisito de que nadie les molestara
hasta que no hubieran acabado su trabajo. Pero la curiosidad
de sor Ana, una de las religiosas, hizo que ésta
les interrumpiera. La consecuencia de no respetar las indicaciones
de los viajeros fue que la figura de la Virgen quedara sin
acabar faltándole dos dedos de un pie.
Otra de las leyendas zamoranas versa sobre la vida de San
Atilano. Según cuenta la historia, este hombre llegó
a convertirse, por su gran dedicación, en obispo
de la ciudad y preocupado por las penurias de sus feligreses
decide partir a peregrinar a Tierra Santa. Pero en su ruta
de salida pasa por el Puente de Piedra y se da cuenta de
que aún lleva puesto el anillo de obispo y lo lanza
a las aguas del río Duero. A su vuelta, hace una
parada en una posada del camino y se encuentra con la sorpresa
de hallar el anillo en el pescado, concretamente un barbo,
que estaba a punto de engullir. Esa era la prueba divina
de que la mala racha de la ciudad había llegado a
su fin.
Una de las historias más conocidas es la de la serpiente
de la Ermita del Carmen. El reptil era la mascota de un
pastor que se encargó de cuidarla desde pequeña.
El animal acudía al silbido del joven y comía
de su mano. Pero el chico tuvo que abandonar la ciudad por
un tiempo y la serpiente creció alcanzando una gran
longitud. Cuando el pastor regresó, se encontró
con que la gente estaba aterrada porque su mascota se había
estado dedicando a comer carne humana. Por lo que al joven
no le quedó más remedio que silvar a su serpiente
y acabar con su vida.
El repertorio de leyendas es interminable y su transmisión,
de boca en boca, provoca que muchas vayan cayendo en el
olvido.
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